Juegos abandonados

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Ha sido mucho tiempo pero poco tiempo. La metáfora de una temporalidad que es eterna pero un instante a la vez, está gastada, y sin embargo es el fiel reflejo de mi experiencia con la pandemia. Los días se acumularon unos encima de otros. Al principio intentando trabajar y criar al mismo tiempo. Luego, el despelote. Luego, intentos de orden. Luego, el despelote. Y así sucesivamente. Entremedio: la insidiosa repetición de los días que como por cuentagotas van agregando alguna cosa, sacando otra. Metáfora también de una mecánica del tiempo y una simultanea agencia humana que se le contrapone organizada en granitos de arena. Cambiar la preferencia nocturna para cocinarle a mi hijo, por ejemplo, por las mañanas. Afinar la receta de los garbanzos con un poco de manteca en el sofrito. Nuevos rituales de limpieza, por supuesto. Distintos intentos ergonómicos en torno a mi escritorio. Retorno de viejos artes fallidos (poesía, fotografía, mantener un blog).

Ahora me inquietan los juguetes. Sé que no partieron el año en el lugar en el que están ahora ni en la cantidad en que se presentan. Obviamente entremedio llegaron por delivery muchos nuevos, compensando la imposibilidad de salir o de entrar a esta casa y su peso sobre la conciencia de la familia. Pero aquí están ahora amontonados en sus clasificaciones: rejas, bloques, autos, animales, dinosaurios, instrumentos musicales, peluches. Al menos esos son los que tengo a la vista. El año se queda en ellos como marcas de momentos livianos, innecesarios, gratuitos, pero en los que estuvimos invertidos totalmente. El mono jorge sentado en la esquina, por ejemplo, junto a tribilín y un tiranosaurio rex, gracias a su reciente rescate del olvido. Fue el primer dibujo animado con trama que tuvimos (porque la granja de Zenón no cuenta), y en el que un interés intenso empezó a aparecer.

O los lugares a los que empezamos a ir insistentemente cuando pudimos salir. La bencinera y su palmera; la casa amarilla con los animales hechos de caucho; la huerta que solo tenía acelgas y lechugas. Salidas íntimas, sin posibilidad de interacción a excepción del contacto general con el mundo, como una suerte de no-casa. Nos traíamos de esas flores que empezaron a crecer salvajes en las orillas de la calle, para ponerlas en una botella.

Creo que luego fue cuando vinieron los niños youtubers que nombramos en alusión a una droga. Con estos, no había interacción posible ni se podían concretizar en un juguete: construidos como una vorágine de novedad, falso suspenso y griterío, la compañía que ofrecen aquellos infantes reales está hecha para impedir cualquier acompañamiento.

Fue bueno encontrarnos con Disney en ese momento. Creo que partimos con Fantasia, pero pronto todo decantó en El libro de la jungla. Al principio la cuestión era novedosa porque pudimos cantar, Busca lo más vital no más. No sé en qué punto Shere khan se volvió el definitivo acto del visionado diurno. Ineludible. Un juego se desató y desató una cascada de versiones alternativas para la misma historia. Ver la película se transformó también en recrearla simultáneamente. Era algo que ya hacíamos cuando empezamos a leer el cuento de Parra y su canción del caballo tordillo, donde había que hacer correr al peluche para poder cantar.

Ahora me detuve y mire este espacio de nuevo. Creo que la música ha desaparecido un poco pero se mantienen los instrumentos ahí. Como si nos resistiéramos a que se vaya. También hay cansancio. A inicios de marzo había muchos más crayones en este sector, muchos mas materiales dispuestos para producir un desorden que entonces era posible absorber con las energías renovadoras de la noche. Hoy desaparecen, como también los juguetes hechizos. Una avestruz, que hicimos con unos alambres peludos y una pelota de plumavit. O una máscara de dragón en cartón.

Algo se me aparece y se va. He tenido esta sensación varías veces: un recuerdo, un juego infantil que no logro recuperar de mi memoria. Una nota mental para escribir sobre eso en el blog. Pero no lo tengo. En su lugar, un juego que nos ocupó con mis hermanos y los gemelos cuando vivíamos en Diego de Almagro: detrás de las panderetas de la iglesia, en un arenal suelto y basureado que era con poca frecuencia un camino, uno de nosotros escondía “un objeto” en la arena. El trabajo de los demás era encontrarlo, guiándose por una vaga descripción y señales del ocultador. Partíamos después de almuerzo y ya debíamos abandonarlo cuando la ausencia de un palo de poste en ese sector de la calle nos empezaba a asustar. Tengo en los dedos la sensación de la arena mezclada con papeles de plástico, envolturas de helado, boletas. El feliz éxito de encontrar. Me imagino al menos todo un mes del verano jugando ese juego, con la intensidad de una competencia en la que hay que perfeccionarse. Y luego, simplemente, pasábamos a otro, uno nuevo que nos inventábamos.

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Notas fragmentarias y rápidas, para esquivar la neurosis y derrotar el olvido. Sobre cine, psicoanálisis e investigación, probablemente.

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